miércoles, 31 de octubre de 2007

De importación


No estoy en contra de que se celebren fiestas ajenas a nosotros. Vivimos en sociedades complejas en las que hay gente de todas partes e influencias varias. Ningún problema en que se recuerde que hoy es tal o cual día importante para algunas comunidades. Siempre y cuando no generen conflicto, claro está. O que lo que viene de fuera no anule y borre lo de dentro (aunque tampoco lo tengo claro, han desaparecido tantas manifestaciones culturales y tradicionales que no creo que pase nada por una más). A todo esto es significativo que los niños de hoy en día crean que mañana es fiesta porque hoy es eso que hemos visto en tantas películas que los niños se disfrazan de monstruos y piden caramelos. Eso, que es parecido a lo del aguinaldo navideño, y que se basa en el culto céltico a los muertos (que nosotros practicamos en estos días). Me consta que es así, que lo creen de veras. Hace no tantos años, no sabíamos cuando era eso de halloween. Me acuerdo que cuando era niño (veinte años no es nada) ni siquiera sabíamos cuándo era eso. Y ahora resulta que todos los santos se ha transformado y ya no es lo que era. Como todo lo demás, se ha convertido en una excusa más para puentear, viajar, o hacer fiestas, que es lo que parece que a la gente le gusta. Paralelamente, las patologías psiquiátricas siguen su escalada. Será divertido ver cómo están las cosas dentro do otros veinte años. A saber qué fiestas celebraremos entonces. Yo, mientras tanto, intentaré hacer un hueco para ir a visitar el cementerio.

Entretanto, hoy es San Quintín, y, aunque la batalla no se produjo hoy, este nombre siempre me evoca el Escorial.

martes, 30 de octubre de 2007

Mis batallitas de la mili


Hoy me he levantado con una extraña nostalgia. Me ha dado por recordar hechos y personajes de la mili. Debo de hacerme mayor, porque esto de las batallitas de la mili es cosa de viejos. Las novatadas, los compañeros, los dos arrestos que tuve que padecer, el cabrón del sargento Berga, la jura de bandera (uno de mis mayores secretos es lo que estaba pensando en el momento de jurar bandera, y que nadie insista, que sólo bajo tortura lo diré), ... Todo lo que en aquél momento me disgustó (el hecho mismo de tener que cumplir el servicio militar), ahora se ha teñido con una capa más agradable, entrañable incluso. Han empezado a venir nombres y rostros a mi mente. Y he descubierto, con sorpresa, que no conservo ninguna de aquellas amistades. Ninguno de los que íbamos a las verbenas de uniforme (así se ligaba más, no os podéis hacer a la idea del efecto que el uniforme tiene sobre las féminas) y que tantas tropelías cometimos ha seguido en contacto conmigo. Ni yo con ellos. Y es extraño, porque conservo amigos de todas las demás etapas de mi vida. Hoy les he echado un poco de menos. A todos, a los buenos y a los malos. Porque en la vida hay bueno y malo, y todo es necesario. Y me he sorprendido asegurándome de que me encantaría volver a hacer la mili. Sí, otra vez. Si no fuera porque hace años que pasó a mejor vida... Y creo que ya estoy mayor para ingresar en el ejército como profesional (además de más cascado, otro día hablaré de mi extenso y creciente historial médico)

lunes, 29 de octubre de 2007

Traidor


El día que murió prometí que aprovecharía más los momentos, que no me acobardaría tanto, que la vida son dos días y hay que comerse menos el tarro. Pero qué le vamos a hacer, he vuelto a traicionarme. A mi y a los míos. Tal vez es porque vivir es un continuo acto de traición, el hecho más inmoral.

domingo, 28 de octubre de 2007

Desde el control


Los sonidos de la agonía se podían escuchar desde el control de enfermería. La noche iba a ser larga. El hombre llevaba dos días muriéndose, y la cosa tenía tiempo de prolongarse al menos hasta el amanecer. Elisa no tenía claro si incluso más. La gente tiende a morir al alba, pero no es una ley matemática, y con lo que estaba tardando aquel pobre hombre en morir, no pondría su mano en el fuego por una hora concreta. A veces apostaba con sus compañeras la hora en que los pacientes agonizantes iban a morir. Ella se equivocaba pocas veces. Los años de experiencia en la unidad de oncología le habían hecho desarrollar un fino olfato para la muerte. Excepto para casos así de erráticos. Aquel hombre debería haber muerto hacía días, pero siguió uno de esos extraños patrones de milagrosas recuperaciones que lo único que presagiaban era un final muy próximo. En una de esas mejorías le pidió que por favor no lo dejara marchar. Se lo dijo apretando su muñeca con fuerza, con una voz inusitada por lo enérgico. Se trataba de una orden. Y ella sabía que no podía cumplirla, porque tarde o temprano la muerte se conbraría a su víctima, por mucho que ella hiciera. Se encontraba en un punto en el que lo único, que no era poco, que se podía hacer por él era que muriera de la forma más cómoda posible. Pero no se podía evitar el desenlace. Por eso Elisa se sentía un poco descorazonada. No por no poder satisfacer al paciente, sino porque la forma en que se lo había dicho le asustó. Sentía un cierto temor hacia ese hombre. Ella y todo el personal de la unidad. Siempre se había mostrado huraño, malhumorado e hiriente. Cuando estuvo mejor y podía pasear, le gustaba asustar a las enfermeras y a los otros pacientes.

"Está loco", decían los médicos y su supervisora cuando se quejaban de su comportamiento, como si eso lo dulcificara. Pero a Elisa eso le inquietaba más. A saber lo que podría haber llegado a hacer. Una vez lo pillaron dormido con un cigarrillo casi consumido en la mano y la sábana llena de cenizas. Para colmo llevaba oxígeno. Podría haber provocado una desgracia. Nadie allí le quería. Nadie llegó a desarrollar ninguna clase de afectividad con él, como a veces sucedía con otros pacientes. Al contrario, el único sentimiento que generaba era la aversión mezclada con un vago temor. Incluso hubo algunas auxiliares que caminaban mas rápido al pasar por delante de su habitación. No tocaba al timbre, gritaba desde su cama lo que quería. Y había que ir rápido, porque podía montar el número.

Nadie le visitaba, nunca se supo de familiares o amigos. También era una incógnita de dónde sacaba las revistas y cigarros que a veces tenía. Sospechaban que los robaba a los otros pacientes. La cuestión es que ahora se estaba muriendo de verdad, y nadie quería llevar al paciente. Nadie quería estar allí cuando muriera. Porque er desagradable hasta para morir. Los estertores provocados por el acúmulo de secreciones en la garganta eran escandalosos, y se oían desde fuera. Les hubiera gustado trasladarlo al extremo distal del pasillo, pero estaba la unidad llena y era difícil hacer esos malabarismos administrativos (además, no había tiempo). Además, les daba cosa pasear al moribundo y que todos por allí vieran la escena. La cuestión es que ahora todos los que iban al control a pedir algo, o que simplemente iban arriba y abajo por el pasillo, tenían que pasar y oír al anciano morir. Y encima no sabían cuanto tiempo podía durar. Porque el hombre se aferraba a la vida. La orden tajante que le dio a Elisa era una señal de que no queróia morir. Y la experiencia le enseñaba que cuando alguien no deseaba morir, tardaba mucho más que aquellos que habían aceptado su destino. Era algo raro y difícil de explicar, pero así era.

La noche iba a ser larga. Ella tampoco quería que se le muriera a ella, no deseaba tener que amortajarlo. Y le daba cosa entrar sola a ponerle la morfina que llevaba pautada a modo de sedación. Al mismo tiempo deseaba que, cuando al cabo de dos días volviera al trabajo, aquel homnbre tan desagradable no estuviera. Pero no estaba segura de que así fuera. Y eso la desasosegaba.

sábado, 27 de octubre de 2007

Porqué


Muchas veces me pregunta la gente sobre mi afición filosófica. Y no sé muy bien qué contestar. Porque a decir verdad, no pienso ganarme la vida con la filosofía. Es más, pretender ganarse la vida con la filosofía ya me parece estar cometiendo una traición. Simplemente, me parece que el impulso filosófico originario va en otra dirección, no es tanto un empleo, una profesión o una carrera como una actitud, un modo de vida. Dicho de forma sencilla, no se es filósofo del mismo modo que se es panadero (y que no se entienda en ello un desprecio). Es algo que se lleva, como el carácter. Se es filósofo mucho antes de tener conocimientos filosóficos.

Hubo un tiempo en el que sí que me hubiera gustado poder "vivir de la filosofía". Pero me he dado cuenta de que no, de que lo que a mi me mueve es otra cosa, es un prurito, un escozor interno que me lleva a cuestionar, a examinar y preguntar. Y esas preguntas me llevan a buscar respuestas, que al mismo tiempo engendran nuevas preguntas. La pregunta, y, por tanto la incertidumbre del no saber muy bien a qué atenerme es lo que me ha llevado a buscar en la filosofía (en la actitud filosófica) respuestas y asideros (efímeros todos). Si me interesa lo académico (frecuento conferencias, algunos profesores universitarios, sin olvidar que me hallo metido en la locura de estar haciendo el doctorado en filosofía) es por lo que me puede aportar de nuevas sugerencias, autores, ideas, pensamientos... que me ayuden a seguir flotando en esta miseria. Porque sinceramente, así como soy, no sé qué haría sin mis lecturas y mi filosofía. La profesión no me llena (eso que dicen por ahí sobre "sentirse realizado", ¿de verdad hay alguien que se sienta así?). De hecho, no me llena nada. La filosofía tampoco, pero al menos me ha permitido conocer esta peculiar (o no) circunstancia mía. Y eso ya es mucho, sobretodo teniendo en cuenta que todo lo demás tiende a hacerme mirar para otro lado.

martes, 23 de octubre de 2007

Tom Jones y Jools holland. Saint James infirmary.

Cuando no estoy inspirado, o no tengo tiempo, o ganas para volcar aquí mis paranoias y creaciones, pongo música, para mantener el ritmo (ahora decreciente, no sé por cuánto tiempo) de posteo. La música es una parte muy importante de mi vida. Me ha acompañado en bueno y en malos momentos, y siempre ando detrás de nuevos descubrimientos musicales y con canciones y melodías en mi mente. Y en las últimas semanas estoy escuchando mucha música americana, tradicional. Canciones que tienen más de un siglo de vida y que han surgido de las capas populares, de granjas y campos de cultivo, de suburbios y carreteras. El otro día puse The house of the rising sun, y hoy toca otra de esas canciones que hablan de marginación y miseria, de borrachos y gentes con vidas desgraciadas y abismosas. Se trata de Saint James infirmary, tonada que trata sobre un hombre que va al hospital a ver a su chica, se la encuentra muerta y luego se va a ahogar su pena en alcohol. También ha sido versionada en muchas ocasiones, pero hoy pongo una que, sin ser la mejor, ni la más conocida (las hay de Cab Calloway, Louis Armstrong, o Billie Holliday, por poner sólo unos ejemplos), sí que tiene fuerza. Se trata de la que realizaron el poderoso Tom Jones y Jools Holland en directo en el programa televisivo del segundo (un programa que ya podríamos tener por aquí, impresionante).

lunes, 22 de octubre de 2007

domingo, 21 de octubre de 2007

Lengua


¿Cuándo se harán los vocablos

de nuevo palabra?

¿Cuándo será levantado el viento por un giro del signo?

Cuando las palabras, lejana generosidad,

digan

-sin calificar para dar sentido‑

cuando mostrando lleven

al lugar

de inmemorial conveniencia,

—devolviendo a los mortales al Uso conveniente-

ahí donde el coro de silencio llama,

donde la mañana del pensamiento, hacia lo unísono,

en dócil claridad se levanta.


Martin Heidegger, 1972.

miércoles, 17 de octubre de 2007

The animals. The house of the rising sun.

Clasicazo del cual no se conoce el origen en una de sus mejores versiones, aunque hay muchas (desde la primera vez que se grabó, en 1928, han sido muchísimos los que la han versionado). Hay quien ha intentado buscar el lugar físico de esta casa (que, en realidad, era un burdel), y las hipótesis más plausibles apuntan al siglo XIX.

martes, 16 de octubre de 2007

Logos-ratio-razón


El tópico que se nos enseña en nuestras primeras lecciones de filosofía es eso del "paso del mito al logos". Más allá de los múltiples matices que a esto se le pueden hacer, hoy quiero centrarme en el tema del logos y en su evolución a lo largo de los tiempos. Logos, en griego, se suele traducir por lo que nosotros llamamos razón. Pero el camino entre los dos términos no es directo, hubo algún intermediario. Y en el intermedio se modificó la plenitud del sentido de lo que los griegos decían al decir logos, y que se supone que nosotros, a través de nuestra razón, somos herederos. Pero no es así exactamente.

Lo de que razón sea logos es algo que sabemos nosotros, pero para los griegos no era así. Logos también es palabra, y es aquí dónde hemos de buscar el sentido original del logos, en el hecho lingüístico. En el uso de las palabras, cabe decir, en el uso correcto, es donde está el asunto fundamental del este paso del mito al logos. Claro está que el mito también usa las palabras, pero de un modo metafórico e indicador, queriendo mentar otra cosa que no está en ella, por decirlo de algún modo, apuntando a otro lado. En el logos, en cambio, la palabra es usada tal cual, en su completa realidad, intentando asirla y con ella asir la realidad de la que se supone que da cuenta. Así, lo que esa actividad lógica buscaría sería el uso correcto de las palabras, la corrección y completud de sus significados, así como el uso de un lenguaje que traiga ante nosotros la auténtoica realidad del mundo. Para un griego, sólo con la palabra se podría hacer esto, y directamente con la palabra, porque es lo que nos hace humanos, lo más propio de nosotros.

Ahora bien, los romanos, y su latín, tradujeron logos por ratio, de donde deriva directamente nuestra razón. Pero la ratio no es lo mismo que la palabra, de hecho, originariamente, se trata de una noción matemática. De ello queda aún en nuestra matemáticas el concepto de razón, que es la relación entre dos magnitudes. Así pues, lo más aproximado que los romanos pudieron encontrar para traducir el logos griego fue la ratio. Y aquí hay un matiz importante, porque se pasa de una noción lingüística a otra matemática. Las palabras portan un significado, son, a su manera, una forma de cierta plenitud, y al trabajar con ellas se muestra una realidad pretendidamente "en sí". Con la ratio se está poniendo sobre la mesa otra cuestión, que es la de la relación entre las cosas. No importa ya lo que las cosas sean y su plenitud, sino cómo se relacionan entre ellas, cómo se engarzan para formar el mundo. De este modo, el uso de la razón ha acabado convirtiéndose en una forma de relacionar, de unir, de poner junto y así hacer el mundo, contrariamente al logos griego, que buscaría algo así como el despliegue del mundo, como el surgimiento de la realidad. Hay un matiz más pasivo en esto. Y claro, para poder unir, antes hay que separar, y ser consciente de las separaciones. No es casual que haya sido la escuela que más ha pretendido estar usando la razón, el idealismo, sea la que haya denunciado las escisiones más abismosas, y al mismo tiempo ha estado buscando puentes y atajos que de algún modo pudieran conectar las dos orillas de la escisión. Esto es muy racional, pero muy probablemente, a la luz de lo confusamente esbozado, poco tenga que ver con el logos.

sábado, 13 de octubre de 2007

Camus y lo balear


Se cumplen estos días cincuenta años de la conceción del Premio Nobel de Literatura a Albert Camus, y me entero que tenía sangre menorquina. Su madre lo era. Y este pequeño detalle sirve para explicar muchas cosas. Sólo alguien con sangre balear (y por extensión, expansión, difuminación, diseminación o contagio, como usteden prefieran, española) podía escribir sobre el absurdo y llegar a estar en algo así como una "filosofía del absurdo". Y eso que no llegó a vivir nuestros tiempos, porque si no sólo hubiera tenido una salida: la "filosofía del suicidio". Sí. Una tierra que no es lo que se llama (aquí nadie es balear, las baleares sólo existen como unidad política, casi ni siquiera como geográfica), que no se cree lo que le llaman, en la que la que el castigo se acaba conviertiendo en la salvación (el caso menorquín), donde las tapas no son tradición y cuestan un ojo de la cara pero se organizan ferias de tapas y con notable éxito, donde hay más festejos ajenos que propios (sí, tenemos fallas, feria de abril, oktoberfest, castells, incluso un pseudorocío, de momento sanfermines no, pero al tiempo...), donde el Pueblo Español es regentado por alemanes (se celebran mercadillos, conciertos, y otros actos, todo en alemán, junto a una reproducción de la Alhambra), donde da igual a quien votes porque las trifulcas y diferencias políticas se difuminan al llegar al poder (la única distinción es entre gobierno y oposición, no entre partidos, y se intercambian, pero esos dos puestos siguen una línea continua, no importa el color que los ocupe). ¿Se imaginan a Bush liderando las manifestaciones contra la guerra de Irak para luego ordenar el ataque? Porque no era "balear", que si no es lo que hubiera ocurrido.

Sólo alguien con sangre balear podría transitar tan bien como Camus la senda del absurdo. A veces uno se siente uno de sus personajes (a la entrada de ayer me remito, que es un homenaje velado, hoy un poco más claro).

viernes, 12 de octubre de 2007

L'estrany


Los sentimientos, lejos de ser esas entidades etéreas que siglos de doctrinas dualistas nos han hecho creer, crecen en la materialidad corporal. Y como todo lo corporal, deber ser cuidado y alimentado para su mantenimiento. Eso sí, el alimento que mantiene vivos a los sentimientos puede no ser tan material, aunque tenga un substrato material. Pero dejémonos de materia, que no es de lo que quería hablar, sino centrémonos en el alimento. Un gesto, un sonido, un detalle, a veces basta muy poco para generar una sensación, y para mantenerla en el tiempo (en la medida de lo posible, porque las cosas cambian y hoy no es igual que ayer, porque yo ya no soy el mismo). Pero a menudo a uno le han generdo sentimientos, ficciones, que a la larga no se han visto alimentados, que se han diluido en el torbellino del día a día. Y también a menudo uno querría que continuaran, que la cosa siguiera adelante, porque los necesita, porque sin ellos no se puede seguir adelante.

Querría hablar sobre el sentimiento hacia la tierra, el apego al lugar donde uno ha crecido, su región, su país. Pero de cada vez más hay menos detalles que a uno le ilusionen con eso. La tierra cambia, nada se mantiene. He tenido muchos motivos para amar mi terruño, pero me los arrebatan. Mis recuerdos, mi infancia, mi juventud, están aquí, pero ya no tengo dónde colgarlos. Muchos de los sitios en los que trascurrí ya no existen o están irreconocibles. Poco a poco van borrando los restos de lo que ha sido mi paso por este mundo, no hay casi nada ya que me recuerde a mi. Y esos detalles son necesarios, porque un árbol, un rincón, un edificio, pueden ser la espoleta que provoque una explosión de memoria. De cada vez me siento más extraño. Paseo por las calles de mi ciudad y no la reconozco, y la única sensación que en mi evocan es el desasosiego, sentimiento nada positivo si lo que se pretende es que ame la tierra. Incluso los que una vez afirmaron amar la tierra la han traicionado, tal vez por no reconocerla ya y no sentirla parte de ellos. No quedan patrias, sólo sistemas de leyes. Habrá quien se agarre al clavo ardiendo de las banderas, intentando evocar lo que un día les hizo sentir la tierra, pero eso no es más que un síntoma más del oculto desarraigo que se extiende como la gangrena, como un cáncer que corroe las entrañas de la sociedad, y que cada vez está más cerca de matarla.

Ya sólo quedan las personas, familiares y amigos, pero son muy pocos, y aunque son valiosos (en realidad, lo más valioso), no llenan del mismo modo, porque sólo nos ofrecen una parcialidad y un al-lado, no un en.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Palabras, paraules, parole


Palabras. Rodeos, atajos, escamoteos de un problema. Pasan por la solución, pero no son más que un mirar a otro lado, las anteojeras que nos colocamos para no ver que ahí, ante nosotros, hay una pregunta, algo oculto, un misterio. Las palabras como prisión, cadena y grillete de la presencia, que incluso llegan a sustituirla. Y sin embargo, no tenemos mucha más opción. He ahí la tragedia.

domingo, 7 de octubre de 2007

Cuando el médico juega a ser enfermera


Hace ya tiempo que hablé sobre las, a veces conflictivas, relaciones entre medicina y enfermería, y los impulsos que nos mueven de querer ser algo así como pequeños médicos o médicos a medias (o minimédicos, como llamamos a algunas enfermeras en el gremio). Ya expliqué que hasta cieto punto es lógico, dada la preponderancia que la medicina ha tenido en el mundo de lo sanitario.

Pues bien, desde hace algún tiempo vengo observando que, fallo de las enfermeras, que no hemos sabido dejarles las cosas claras, los médicos se entromenten en nuestro trabajo. Toman decisiones que nos correponderían a nosotras, y, en una especie de paroxismo, se lanzan a actuar sobre el paciente a la manera enfermera. No deja de ser sorprendente. Cuando estas cosas pasan, uno no sabe si estamos ante una enfermera frustrada (o que equivocó su carrera) o ante alguien que no tiene claro cuál es su trabajo y cuál es el de los demás.
Supongo que tendrá que ver con eso del enfoque holístico y de las críticas que se dirigen hacia la medicina por ser inhumana. Pero cuidado, porque quien mucho abarca poco aprieta, y por querer estar al lado del paciente pueden dejar de hacer cosas. Ciertamente, no debemos de perder la perspectiva global de las personas a las que tratamos, y el trabajo en equipo es importante. Pero eso no quiere decir que nos metamos en la labor de los demás, ni que debamos ir codo con codo a hacer las cosas. No. Cada uno tiene su función y su papel que desempeñar. Y trabajar en equipo supone no olvidar el papel de los demás, en parte precisamente para no caer en el barroquismo asistencial de todo el mundo desviviéndose por ti, como si todo el mundo en el hospital fuera la madre Teresa. A mi no me gustaría que todo el mundo esté hiperpendiente de mi. Que se centren en aquello por lo que he acudido a ellos, en diagnosticar y prescribir, que ya me buscaré yo la vida en la medida en que pueda. Y en lo que no pueda, espero que haya una enfermera capaz de ayudarme a que lo logre en el mayor grado posible.

sábado, 6 de octubre de 2007

Coreografía


Siguiendo con el tema de la música y colaterales, hoy me apetece hablar sobre el baile. Es otro de esos accesorios que, en la mayoria de los casos, están de más. Como ya dije, la música genera sensación, y el baile debería ser un fruto de esa sensación, del estado interior que se genera. Cada uno de nosotros se sitúa ante la música de un modo diferente. Unos van alegres, otros tristes, otros indiferentes, hay mil formas de acceder. Y cada uno tendrá su respuesta. Y el baile debería ser la expresión de eso, pero no para que los demás lo vean, sino como una forma de completar la experiencia musical, de perfeccionarla. Por eso no me gustan las danzas ritualizadas, los estereotipos, las coreografías. Es auniformización no es compatible con la música. Salvo que se busque que todos sientan lo mismo, porque si el movimiento puede ser expresión de algo interno, también, con el tiempo, puede llegar a modularlo. Esto es lo que con toda probabilidad se busca con los bailes rituales, la sensación de comunión, de que se forma una sociedad cohesionada y sin fisuras.
Y en una época como la nuestra, atomizada y escindida, esa necesidad de demostrarnos que las sociedades somos un cuerpo que nos movemos al unísono es más perentoria que nunca. Y por eso nos dedicamos a bailar igual, siguiendo los mismos pasos, e incluso estamos dispuestos a tomar clases de baile. Eso cuando no nos da por inventarnos coreografias estúpidas para desarrollar cuando suena la canción de moda. Funciona todo igual que la danza tribal: ellos con la excusa de la conexión con los espíritus, y nosotros con lo que es sagrado para nosotros, el tiempo libre (que es muy dudoso, porque a saber qué libertad hay cuando todos hacemos lo mismo).

viernes, 5 de octubre de 2007

Letra y música


Con el tiempo, me voy dando cuenta de que cada vez le presto menos atención a las letras de las canciones. Es más, hay canciones que están entre mis favoritas y de las que no sabría muy bien decir qué es lo que cuentan. Tiendo a focalizar mi atención en el conjunto, en la sensación que me provoca, más que en el mensaje que transmite. Porque, seamos sinceros, la música siempre ha sido un medio para generar estados anímicos (es muy probable que el primer uso de la música haya sido el ritual) y no para lanzar proclamas. Aunque es cierto que la voz puede funcionar como un instrumento más y encajar dentro de la melodía. Eso es lo que me interesa, no que me hagan pensar. Para pensar ya tengo otros instrumentos. La música es otra cosa.

jueves, 4 de octubre de 2007

Burbuja


Cada vez estoy más convencido de que vemos lo que queremos ver, de que de algún modo lo que recogemos de nuestro entorno es lo que nosotros ponemos en él. Porque, en definitiva, vivimos en una burbuja a través de la cual vemos el exterior. Pero claro, este exterior está deformado por la burbuja, y así vemos los colores y las formas alteradas según nos vaya en el asunto. No creo demasiado en la objetividad (que no sería más que un juego intersubjetivo en torno al cual poder desarrollar otros juegos en favor de cada uno). La cosa tiene que ver y al mismo tiempo no tiene que ver con ese mantra new age de que recolectamos lo que proyectamos, que si uno está agresivo sólo verá agresividad en torno. También con el refranero, con aquello de "quien siembra vientos recoge tormentas". Por eso es por lo que tendemos a repetir patrones de conducta o sentimentales (o, más frecuentemente, una combinación de ambos), porque en el fondo, lo que hay ahí fuera tiene que ver con el aquí dentro (con lo que estas distinciones quedan bastante difuminadas, no quedando claro dónde empieza una y termina la otra).

miércoles, 3 de octubre de 2007